terça-feira, janeiro 03, 2006

Comunista inflexible y ortodoxo

{ 10-XI-1913 13-VI-2005 }
Álvaro Cunhal

Comunista inflexible y ortodoxo

Por Diego Carcedo, El Mundo, 31 de Dezembro de 2005

Político y escritor. Enemigo acérrimo del dictador portugués Salazar, fue detenido en 1949 y condenado a 20 años de cárcel. Once años después se fugó. Secretario general del Partido Comunista de Portugal (1961-1992), fue ministro sin cartera tras la Revolución de Abril. Se mostró muy crítico con el eurocomunismo.

Nadie en Lisboa, donde vivía, recuerda haber coincidido con Álvaro Cunhal paseando por la calle, comiendo en un restaurante, asistiendo a un partido de fútbol o viendo una película en el cine. Sin embargo, su cabellera blanca, su nariz afilada, sus ojos brillantes y sus gestos felinos han sido, a lo largo de muchos años, parte importante del paisaje portugués. Del paisaje político, por supuesto, pero también del paisaje humano y, si me apuran, del paisaje público del que era componente destacado en… la sombra. Se le veía poco o casi nada fuera de los mítines y manifestaciones de su partido, y apenas se conocía nada de su vida, siempre reservada a una intimidad impenetrable. A pesar de ello, su imagen no dejó de estar presente década tras década entre los portugueses.

Cuando murió, el 13 de junio pasado, mucha gente supo que llevaba enfermo varios años, que además de su intensa y agitada actividad política había escrito algunas novelas —publicadas con el seudónimo Manuel Tiago— bastante aceptables y que incluso había traducido Rey Lear, de Shakespeare, al portugués. Mientras, su gran enemigo, el dictador Antonio Oliveira Salazar, se frotaba las manos sabiéndole a buen recaudo en Peniche, una de las prisiones más duras e infranqueables de tantas como la cruel policía política del tristemente célebre Estado Novo —la siniestra PIDE— mantenía en diferentes rincones del país y en sus colonias africanas y asiáticas.

Álvaro Cunhal y Oliveira Salazar compartieron más cosas que la incompatibilidad ideológica que les convirtió muy pronto en eternos enemigos. También compartieron carisma, cada uno entre una de las dos mitades de los portugueses. Además, coincidieron ambos enemigos irreconciliables en la misma actitud distante, enigmática —incluso muy reservada— y probablemente por igual austera. En el enfrentamiento, Cunhal llevó siempre la peor parte porque defendía unos principios prohibidos y demonizados por Salazar. Pasó varias veces por la cárcel; la última, la friolera de 11 años. Recuperó la libertad no gracias a una amnistía, ni siquiera al cumplimento de la condena. No, se libró gracias a su arrojo e intrepidez, huyendo de unas celdas de las que parecía imposible que se pudiese escapar alguien.

Una huida que no por silenciada por la censura dejó de contribuir más y más a fortalecer la leyenda épica que ya entonces adornaba su liderazgo. Fue secretario general del Partido Comunista de Portugal (PCP) durante más de 30 años. Pasó por todas las situaciones imaginables: desde la clandestinidad y el encierro hasta el Gobierno y, por supuesto, por la oposición indomable en la normalidad democrática. Tras la rebelión militar y popular que, el 25 de abril de 1974, puso fin a la larga pesadilla salazarista, fue fugaz ministro sin cartera, pero con gran influencia, en el primer Gobierno provisional y, enseguida, el principal inspirador e instigador del proceso revolucionario que se vivió, en medio de una gran convulsión, en los años siguientes.

Era un político de actitud dialogante, cordial en la distancia e inflexible. Sobre todo inflexible. Nada odió más, excluido Salazar y su régimen, que al eurocomunismo que desde Italia, Francia y España intentaba en los últimos años de la Guerra Fría acomodarse al juego de la democracia parlamentaria. Su homólogo español, Santiago Carrillo, era una de sus bestias negras. Cuando una mañana lluviosa y fría le visitó el sucesor de Carrillo, Gerardo Iglesias —recién elegido secretario general del PCE—, con la intención de limar diferencias y buscar puntos de entendimiento, no salió a recibirle ni a despedirle. Le hizo esperar un buen rato para sentarse a hablar y, a pesar de que la reunión se prolongó en una segunda sesión de tarde, no le invitó a comer, ni se disculpó por no acompañarle en el almuerzo.

Fiel a la ortodoxia. Aunque su partido competía en todas las elecciones —a veces con sus siglas; a veces en coalición con otras organizaciones afines— y contaba con un grupo parlamentario significativo, él siempre desdeñó el escaño en la Asamblea, que nunca le hubiese faltado de haber encabezado las listas, como parecía lógico y como sus seguidores le reclamaban.

Murió, ya con el comunismo bastante olvidado, con el apelativo casi inverosímil de último estalinista. Fue fiel a la ortodoxia hasta el final de sus días. Uno de los primeros viajes al extranjero que hizo el joven Gorvachov cuando accedió a la cúpula dirigente soviética fue a Oporto, donde una vez más el Congreso del PCP iba a reelegir a Álvaro Cunhal como secretario general bajo su padrinazgo.

Pero Cunhal, que le había recibido con todos los honores, no le siguió, antes al contrario, en su perestroika. En cuanto observó que el nuevo mandamás del Kremlin se desviaba de lo que él consideraba como el dogma de la ortodoxia, empezó a torcer el gesto y a manifestarse en contra. La evolución de los hechos no le hizo cambiar. Siempre consideró que aquello había sido una traición a los trabajadores y, por supuesto, a Marx.

Quienes desde otros planteamientos políticos tuvieron oportunidad de tratarle coinciden al evocar la sorpresa que les causaba el contraste entre su inteligencia, su corrección en las relaciones personales y la clarividencia de sus análisis con la intransigencia con que reaccionaba ante la hipótesis de cualquier cambio o cesión en sus postulados.

Una intransigencia que despertaba rechazo y admiración a partes iguales, al mismo tiempo que contribuía a personalizar aún más su imagen carismática y, de rebote, su liderazgo, tan admirado por unos y tan denostado por otros. Un liderazgo que su muerte no ha eclipsado.

Fue un gran político puro que, eso sí, dirigió el Partido Comunista Portugués sin tener en cuenta la caída de las hojas del calendario y sin hacer caso a los expertos que aseguran que la política, como arte de lo imposible, es el ejercicio del diálogo, flexibilidad en la negociación y, sobre todo, pragmatismo; mucho pragmatismo. Álvaro Cunhal es ya parte de la historia contemporánea de Portugal, del Portugal salazarista, del Portugal revolucionario y del Portugal democrático. Pero, sobre todo, es la leyenda de un líder superdotado que, caso insólito, ejerció el liderazgo tres décadas sin moverse ni un centímetro del punto de partida.

Diego Carcedo es periodista. Fue testigo de la Revolución de los Claveles como enviado especial de Televisión Española y corresponsal en Portugal entre 1978 y 1984. Ha escrito "Fusiles y claveles", un libro sobre la revolución lusa